LA LOTERÍA

En 2007 viajé por primera vez a Camboya para colaborar con la ONG Juntos por Camboya.
Hasta entonces, Camboya era para mí un país lejano del Sudeste Asiático del que apenas conocía algunas imágenes. Bastaron unos pocos días para comprender que, detrás de aquellos paisajes, se escondía una historia difícil incluso de imaginar.
Recorrimos Phnom Penh. Visitamos la antigua prisión S21. Escuchamos el relato del genocidio perpetrado por el régimen de Pol Pot. Poco a poco empecé a comprender que las heridas de un país no desaparecen cuando termina una guerra. Permanecen abiertas durante generaciones.
Esta historia comienza unos días después de nuestra llegada a Siem Reap, donde tenía su sede la ONG. Viajamos en autobús desde Phnom Penh hasta Siem Reap y, a lo largo del camino, empezamos a conocer la realidad del país. Sin embargo, nada me preparó para el encuentro con los cuatro hermanos que son los verdaderos protagonistas de este relato.
Vivían en una pequeña comunidad a unos cuarenta kilómetros de Siem Reap. Un pueblo aislado, rodeado de arrozales y palmeras. Pero en aquel paisaje que parecía un paraíso habitaba la desesperación de aquellos cuatro hermanos. El mayor caminaba con enorme dificultad debido a una fractura que nunca había recibido el tratamiento adecuado: una de sus piernas había quedado completamente deformada. Sus tres hermanos pequeños permanecían siempre a su lado. No recuerdo si sus padres habían muerto o si, sencillamente, ya no podían hacerse cargo de ellos. Solo recuerdo, con absoluta claridad, que estaban solos.
La ONG les ofrecería la posibilidad de tener una vida mejor. Una casa, educación, asistencia sanitaria. Todo aquello que cualquier niño debería tener sin que nadie lo considerase un privilegio.
Durante el trayecto en coche, uno de los más pequeños pasó todo el tiempo sentado sobre mis rodillas. Se mareaba constantemente y yo no hacía otra cosa que mantenerle un paño húmedo sobre la frente, intentando aliviar su malestar.
No hubo grandes conversaciones ni momentos especialmente dramáticos. Solo un niño apoyado en mí durante un viaje por las carreteras de Camboya. Y muchas veces pienso que fue precisamente aquella normalidad la que cambió mi manera de mirar el mundo.
Hasta entonces había dado muchas cosas por sentadas. El lugar en el que nacemos. La familia que nos acoge. La posibilidad de ir a la escuela. De tener un plato de comida. De crecer sintiéndonos protegidos.
Aquel viaje me obligó a aceptar una idea tan sencilla como incómoda.
Nuestra propia realidad también es una lotería.
La vida de aquellos cuatro hermanos y la mía habían comenzado exactamente de la misma manera: el día en que nacimos.
La única diferencia era el lugar en el que cada uno de nosotros había abierto los ojos por primera vez.
Y, por pura casualidad, a mí me había tocado la parte afortunada.
