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LO PRIVADO EN PÚBLICO

​

Hiking

Hay un instante que dura apenas una fracción de segundo y que, desde hace muchos años, sigue fascinándome.

Sucede continuamente. En una estación de tren, en la terraza de un café, en un mercado, en un templo o, sencillamente, mientras esperamos a que el semáforo se ponga en verde. Estamos rodeados de personas y, sin embargo, la mayor parte del tiempo vivimos completamente ajenos a su presencia. Pensamos en nuestras cosas, recordamos una conversación, contemplamos distraídamente un paisaje o seguimos con la mirada a un niño que juega. Es como si, a pesar de encontrarnos en un espacio público, disfrutáramos de una pequeña intimidad que damos por sentada.

Me gusta pensar en ese momento como una forma de intimidad en público.

No porque estemos solos, sino porque creemos que nadie nos está observando. Y mientras esa sensación perdura, dejamos de interpretar cualquier papel. Simplemente, somos.

Entonces sucede algo. Una mirada se cruza con la nuestra. Tomamos conciencia de que alguien nos está observando y, durante una fracción de segundo, todo cambia. Es un gesto minúsculo. Casi imperceptible. Los músculos del rostro se tensan ligeramente, la mirada se enfoca, la expresión cambia. Es como un pequeño despertar. Después llegan la sonrisa, la timidez, la sorpresa o incluso una carcajada. Cada persona reacciona de manera diferente. Hay quien baja la mirada. Quien saluda. Quien continúa como si nada hubiera ocurrido. Y también hay quienes, durante unos instantes, parecen mirarte sin llegar a verte, todavía perdidos en el lugar del que regresaban.

Ese cambio siempre me ha intrigado.

Sé que no todos lo vivimos de la misma manera. Durante unas décimas de segundo, cuando nos damos cuenta de que alguien nos está mirando, experimentamos una sensación extraña, casi infantil, como si nos hubieran sorprendido en mitad de un pensamiento. Como si esa persona pudiera saber dónde estaba nuestra mente un instante antes. La razón tarda muy poco en recordarnos que eso es imposible, pero esa primera reacción existe. Es inmediata. Y desaparece con la misma rapidez con la que ha llegado.

Nunca he sabido si la psicología ha puesto nombre a ese instante. Solo sé que llevo muchos años buscándolo.

Quizá por eso me gusta tanto la fotografía documental. No porque me permita dirigir una escena, sino porque sucede exactamente lo contrario. En la fotografía de moda todo está pensado: la posición del cuerpo, la dirección de la mirada, la tensión de las manos, la expresión del rostro. Forma parte del lenguaje de ese tipo de fotografía, y siempre me ha gustado trabajar de esa manera.

Pero cuando viajo con una cámara en la mano, ya no dirijo nada.

Observo, espero y me dejo sorprender.

No me interesa que alguien pose para mí, aunque a menudo sucede de forma espontánea. Hay niños que me sonríen en cuanto me ven, adolescentes que levantan los dedos haciendo el signo de la victoria o amigos que se abrazan cuando se dan cuenta de que estoy fotografiando. Esas fotografías también forman parte del viaje y me gustan porque nacen de ellos, no de una petición mía.

Sin embargo, el instante que sigo buscando es otro.

Es ese brevísimo momento en el que una persona deja de estar a solas consigo misma y toma conciencia de que está compartiendo ese instante con la mirada de alguien más.

Dura menos de un segundo.

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