top of page

EL LIBRO DE UNA VIDA

​

Hiking

No sé cuántos años tendría. Quizá nueve, quizá diez.

Hay recuerdos que conservan una nitidez sorprendente y otros que permanecen borrosos, como si el tiempo hubiera ido borrando lentamente sus contornos. De aquella mañana apenas consigo reconstruir unos pocos detalles. Recuerdo el Club Deportivo de Zaragoza. Recuerdo a una anciana de pelo largo, completamente blanco, con el rostro surcado por profundas arrugas. Y recuerdo que no podía dejar de mirarla.

No sabía explicar por qué.

Mientras los demás niños corrían o jugaban, había algo en aquella mujer que captaba toda mi atención. No era una cuestión de belleza. Ni simple curiosidad infantil. Había algo en su rostro que me hacía pensar que guardaba una historia inmensa, aunque entonces no habría sabido ponerle nombre.

Mi padre siempre decía:

«Fotografiar el rostro y las manos de una persona mayor es fotografiar el libro de su vida».

Decía que las manos cuentan el trabajo. Que las arrugas cuentan los años. Que el cuerpo conserva las huellas del esfuerzo, de las alegrías y del dolor. Que un rostro puede convertirse en el mapa de todo lo que una persona ha vivido.

A aquella edad ni siquiera pensaba en la fotografía. Sin embargo, con el paso de los años, comprendí que aquella conversación había cambiado mi manera de mirar a las personas mucho antes de que aprendiera a fotografiarlas.

Quizá por eso sigo sintiendo una atracción especial por los rostros. No porque busque un determinado tipo de belleza, sino porque intento imaginar la vida que encierran. A veces es una mirada perdida en el vacío. Otras, un gesto casi imperceptible. En ocasiones basta un instante de silencio para intuir que detrás de aquella expresión existe un mundo entero que nunca llegaré a conocer.

Con el tiempo descubrí que muchas de las personas que más me interesaban eran precisamente aquellas de las que no sabía absolutamente nada.

Al principio las observaba desde lejos. Después, si el momento lo permitía, me acercaba para hablar con ellas. Casi siempre, aquella conversación transformaba la fotografía. Lo que unos minutos antes era solo un rostro se convertía en una persona con una historia, una familia, unos miedos, unas esperanzas y una manera muy suya de mirar la vida.

Nunca he dejado de pensar en aquella frase de mi padre.

Quizá porque, con los años, he descubierto que todos llevamos un libro escrito sobre la piel.

Solo hay que aprender a leerlo.

bottom of page