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LA PLAYA QUE LLEVAVA MI NOMBRE

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Hiking

No recuerdo la primera vez que vi el mar.

Imagino que mis padres me llevaron cuando era muy pequeño, pero aquel recuerdo se perdió hace mucho tiempo. Sin embargo, hay otro que ha permanecido intacto durante décadas.

Al final de cada verano íbamos a A Coruña a visitar a mis tíos. Mientras mi madre se quedaba en el Club de Tenis con mis hermanos y mis primos, mi padre y yo nos marchábamos solos. Aquellas mañanas eran solo nuestras.

Subíamos al coche sin un destino concreto y recorríamos la costa gallega por carreteras estrechas que serpenteaban entre bosques de eucaliptos, acantilados y pequeños pueblos de pescadores. Pantín, Cariño, Mañón… No sé cuántos lugares descubrí gracias a aquellos viajes, pero sí sé que nunca teníamos prisa por llegar a ninguna parte.

A mi padre le gustaba descubrir lugares escondidos de todo tipo. A veces dejábamos el coche en un pequeño apartadero junto a la carretera y continuábamos a pie. Había que bajar por senderos de tierra o atravesar grandes rocas hasta llegar a una pequeña cala casi siempre desierta. Antes de acercarnos al agua, me advertía del peligro de las repentinas subidas de la marea del Atlántico. Después nos quitábamos los zapatos y dejábamos que el agua helada nos mojara los pies. Todavía recuerdo aquel frío intenso que casi llegaba a doler.

En una de aquellas playas ocurrió algo que nunca he olvidado.

Mientras caminaba sin prestar demasiada atención, mi padre empezó a dibujar en la arena con la punta del pie. No le di importancia. Al cabo de un rato retomamos el camino de vuelta. Como siempre, en los tramos más empinados de la subida, él caminaba detrás de mí y, cuando las piernas ya no podían más, me daba un pequeño empujón en el trasero para ayudarme a superar las rocas.

Cuando llegamos arriba, junto al coche, me pidió que mirara hacia abajo.

—Mira, Marcos. Esta playa será siempre tuya.

Fue entonces cuando vi mi nombre escrito en la arena, tan grande que ocupaba casi toda la cala.

Recuerdo mi asombro. Recuerdo haberme quedado completamente inmóvil. Y recuerdo haber sentido, por un instante, que aquel rincón del mundo me pertenecía.

Todavía conservo la diapositiva que mi padre tomó desde lo alto del acantilado. Se ve la pequeña playa, la inmensidad del mar y, escrito sobre la arena, mi nombre, que la siguiente marea borraría para siempre.

Con el paso de los años he comprendido que mi padre no me estaba regalando una playa. Me estaba enseñando a crear un vínculo con los lugares.

Quizá por eso, todavía hoy, cada vez que llego a un sitio desconocido siento la misma necesidad. No me basta con mirarlo. Quiero recorrerlo, comprenderlo, descubrir sus porqués, perderme por sus senderos y escuchar las historias de quienes lo habitan. La curiosidad siempre ha sido mi manera de viajar.

Aquel nombre desapareció con la marea pocas horas después.

El recuerdo, en cambio, ha permanecido intacto. Y hoy creo que puedo decir que mi obsesión por fotografiar los lugares de una manera diferente a como los han fotografiado otros nació precisamente aquel día. Porque, aunque sabía que aquella pequeña cala pertenecía a todo el mundo, mi padre consiguió hacerme sentir, al menos durante unos instantes, que también me pertenecía a mí.

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