¿SER NORMAL EN UNA SOCIEDAD DE ESPECIALISTAS?

Quizá el problema nunca haya sido ser diferente. Quizá el problema haya sido crecer en un mundo empeñado en corregir aquello que la naturaleza lleva millones de años celebrando.
Mi madre contaba una historia que durante años hizo reír a toda la familia. Decía que, cuando yo todavía era un bebé, me dejaba sentado en la piscina, de cara al sol, y que bastaban unos pocos segundos para que empezara a impulsarme con el culo hasta darme la vuelta por completo y quedarme de espaldas. Nunca he sabido si aquel comportamiento significaba algo o no. Probablemente, no. Los niños hacen cosas extrañas constantemente. Sin embargo, con el paso de los años, he acabado pensando que aquella pequeña escena describía bastante bien mi manera de estar en el mundo. Siempre he tenido la costumbre de mirar en la dirección contraria.
Antes incluso de aprender a nadar, ya quería sumergirme. Un día, cuando acababa de cumplir cinco años, me lancé de cabeza desde el borde de la piscina con un flotador puesto. Sabía tirarme de cabeza, pero todavía no sabía nadar. El impacto hizo que el flotador se me saliera por los pies y me quedé flotando boca abajo. Recuperé el conocimiento en la enfermería, mientras vomitaba agua, gracias a que una prima se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y me sacó de la piscina. Lo que aprendí entonces fue que mi curiosidad siempre llegaba antes que la prudencia.
Aquella curiosidad me acompañaba a todas partes. Quería saber cómo funcionaban los enchufes, por qué se encendía una bombilla al accionar un interruptor, cómo estaban construidos los juguetes, los tejidos, los muebles o las casas. Desmontaba los objetos para entenderlos, no para romperlos. Hacía preguntas sin parar. Tantas que la frase que más escuché durante mi infancia fue siempre la misma.
—Este niño, cuántas preguntas hace.
Mientras los demás aceptaban las cosas tal como eran, yo necesitaba entender por qué eran así y no de otra manera. La respuesta más sencilla nunca me ha bastado. Quizá por eso uno de los primeros recuerdos que considero verdaderamente mágicos es el de ver cómo una fotografía aparecía lentamente sobre una hoja de papel blanco durante el revelado que hacía mi padre. Todavía hoy pienso que aquel cuarto oscuro no solo revelaba imágenes. También reveló una manera de mirar el mundo que ya nunca me abandonaría.
Con el tiempo llegaron otras diferencias. Mis dientes separados, consecuencia de una genética caprichosa que decidió que nunca tendría incisivos laterales; el síndrome ACHOO, o reflejo fótico del estornudo, que me hace estornudar cuando miro al sol. Años después llegarían el TDAH, la dislexia y mi homosexualidad. Ninguna de estas características, por sí sola, me definía. Pero todas parecían transmitir el mismo mensaje que el mundo insistía en repetirme: había algo en mí que se salía de la norma.
Con el paso de los años he descubierto que la palabra normal me inspira una profunda desconfianza. No porque niegue la existencia de modelos estadísticos, sino porque utilizamos esa idea demasiado a menudo para trazar una frontera invisible entre quienes encajan en los esquemas y quienes, en cambio, necesitan ser corregidos.
Es curioso. La naturaleza nunca ha perseguido la normalidad. Al contrario. Su mayor fortaleza siempre ha sido la diversidad. Ningún bosque está compuesto por árboles idénticos. Ninguna población animal prospera porque todos sus individuos piensen, reaccionen o se comporten exactamente de la misma manera. La evolución no selecciona lo que es normal; selecciona aquello que, en un contexto determinado, ofrece nuevas posibilidades de supervivencia.
Y, sin embargo, los seres humanos parecemos haber construido gran parte de nuestra educación en la dirección opuesta. Desde pequeños aprendemos que existe una manera correcta de aprender, una manera correcta de comportarse, de concentrarse, de amar, de hablar, de trabajar e incluso de imaginar. Todo lo que se aleja de ese modelo empieza a recibir etiquetas. Algunas parecen amables; otras pesan como una condena.
Lo paradójico es que muchas de las personas a las que hoy admiramos nunca fueron especialmente normales. Los grandes artistas, científicos, exploradores y pensadores casi siempre han compartido una característica: miraban el mundo de una manera diferente a la mayoría. Lo que durante la infancia podía interpretarse como un problema acabó convirtiéndose en el origen de su contribución más importante.
Quizá por eso la idea de normalidad me interesa cada vez menos, mientras que la de singularidad me fascina cada vez más. No porque toda diferencia sea automáticamente una virtud, sino porque ninguna diferencia debería considerarse un defecto antes de haber comprendido qué valor puede aportar.
Cuando acompaño a un grupo durante un Photo Tour, suelo repetir una idea que, en realidad, no habla de fotografía. Digo que dos personas pueden observar exactamente el mismo paisaje y volver con imágenes completamente diferentes. Y no se trata en absoluto de una cuestión de técnica, sino de todo lo contrario. Tiene mucho más que ver con sus historias personales.
No fotografiamos solo con los ojos. Fotografíamos con todo lo que hemos sido.
Quizá por eso nunca he querido enseñar a mis alumnos a mirar como miro yo. Prefiero que descubran cómo miran ellos. Porque el objetivo de la educación no debería ser fabricar personas idénticas, sino ayudar a cada una a encontrar la mejor versión posible de su propia mirada.
A veces me pregunto qué habría ocurrido si aquel niño que no dejaba de hacer preguntas hubiera decidido guardar silencio para parecer más normal. Sospecho que habría aprendido a integrarse mucho mejor. Pero también sospecho que habría dejado de ser la persona que hoy escribe estas líneas.
Y entonces la pregunta ya no es qué significa ser normal, sino que deja paso a otra cuestión, mucho más incómoda.
¿Cuántas personas extraordinarias estamos perdiendo simplemente porque han pasado demasiado tiempo intentando parecer normales?


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