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¿QUIÉN ES EL PROPIETARIO DE UNA MIRADA?

hace 1 día
5 min de lectura

El hecho de que podamos hacer una fotografía no significa necesariamente que tengamos derecho a hacerla.


Existe una idea profundamente arraigada en la fotografía de viajes que casi nadie cuestiona. Basta con que una escena resulte interesante para que nos parezca digna de ser fotografiada, como si la simple posibilidad técnica de levantar la cámara implicara automáticamente una autorización moral para hacerlo.


Sin embargo, hace tiempo que empecé a sospechar que ambas cosas no tienen nada que ver.


Una cámara no concede derechos, sino posibilidades. Y entre estas dos palabras existe una diferencia enorme.


Vivimos en una época en la que nunca había sido tan fácil fotografiar. Todos llevamos una cámara en el bolsillo. Podemos hacer miles de fotografías durante un viaje y compartirlas con el mundo pocos segundos después de tomarlas. Paradójicamente, cuanto más fácil se ha vuelto fotografiar, menos tiempo dedicamos a preguntarnos si realmente deberíamos hacerlo.


Hay una frase que escucho repetir a menudo y que sigue incomodándome.


—Estaba en un lugar público. Podía fotografiarlo.


Desde el punto de vista legal, quizá sea cierto, pero desde el punto de vista ético, la respuesta es mucho menos sencilla.


Porque una fotografía no captura únicamente una imagen. Captura una parte de la intimidad de otra persona: un gesto, una emoción, una expresión de cansancio, alegría, miedo o dolor que, a partir de ese instante, deja de pertenecer exclusivamente a quien la ha vivido y pasa a formar parte, al menos en cierta medida, también del patrimonio de quien la ha fotografiado.


Y ese paso merece, como mínimo, una reflexión.


Demasiadas veces confundimos el consentimiento con el simple permiso. Pero no son lo mismo.


Que alguien sonría delante de una cámara no significa necesariamente que sepa dónde acabará esa fotografía. Y que una persona acepte ser retratada no implica que sea consciente de que su rostro podrá aparecer en las redes sociales, en una exposición fotográfica o en las páginas de una revista leída por miles de personas a las que nunca conocerá.


Cuando viajamos, entra en juego otro elemento del que rara vez se habla: el desequilibrio de poder.


Quien viaja casi siempre dispone de mayores recursos económicos, de más libertad de movimiento y de una capacidad de elección que, a menudo, la persona fotografiada no tiene. Aunque no exista ninguna mala intención, ese desequilibrio condiciona inevitablemente la relación. El viajero siempre puede marcharse. Quien vive en ese lugar, en cambio, se queda.


Por eso desconfío de quienes reducen la ética de la fotografía al simple gesto de pedir permiso.


La verdadera pregunta nunca ha sido si podemos hacer una fotografía.


La verdadera pregunta es si hemos llegado a comprender a la persona que tenemos delante lo suficiente como para merecerla.


Porque una cámara puede acercarnos físicamente a alguien mientras seguimos estando infinitamente lejos de comprender de verdad su vida.


A lo largo de los años he visto a muchos fotógrafos regresar de sus viajes convencidos de haber conocido un país cuando, en realidad, simplemente habían coleccionado los rostros de sus habitantes. Fotografiar un rostro no significa conocer una vida, del mismo modo que entrar en una casa no significa comprender a una familia.


La fotografía de viajes corre constantemente ese riesgo: confundir la cercanía con el conocimiento.


Quizá por eso, hoy me interesan cada vez menos las imágenes espectaculares y cada vez más las relaciones que existen detrás de ellas. Una buena fotografía no nace cuando el dedo pulsa el disparador. Nace mucho antes. Nace en la manera en que nos acercamos a las personas, en el tiempo que estamos dispuestos a compartir con ellas, en nuestra capacidad para escuchar antes de mirar y comprender antes de interpretar.

Hay fotografías que nunca he hecho y de las que me siento profundamente orgulloso. No porque no hubieran sido imágenes bonitas, sino precisamente porque comprendí que aquel momento pertenecía únicamente a las personas que lo estaban viviendo. Nadie perdió nada porque yo no levantara la cámara. Al contrario. A veces, la forma más auténtica de respeto consiste precisamente en aceptar que no todo tiene que convertirse en una fotografía.


Vivimos obsesionados con el deseo de conservar los recuerdos, olvidando que algunos momentos adquieren valor precisamente porque están destinados a desaparecer. No todas las emociones necesitan una prueba. No todas las experiencias necesitan una imagen. No todas las historias necesitan un espectador.


Durante mis Photo Tours repito a menudo una idea que algunos participantes tardan varios días en comprender.


No viajamos para volver a casa con muchas fotografías.


Viajamos para volver siendo personas diferentes.


Cuando eso ocurre, la cámara deja de ser una herramienta para apropiarnos del mundo y se convierte en algo mucho más humilde: una manera de dialogar con él.

Quizá sea precisamente ahí donde reside la verdadera ética de la fotografía de viajes.

No en preguntarnos qué fotografías tenemos derecho a hacer.


Sino en preguntarnos qué clase de personas queremos ser cada vez que nos llevamos la cámara a los ojos.


Vale la pena recordar la historia de la "niña afghana", fotografiada por Steve McCurry en 1984 en un campo de refugiados afganos en Pakistán. Aquella fotografía dio la vuelta al mundo y se convirtió en una de las imágenes más célebres de la historia de la fotografía. Durante casi veinte años, nadie conoció su nombre. Era, sencillamente la niña afghana.


Cuando McCurry consiguió encontrarla de nuevo muchos años después, el encuentro fue sorprendentemente frío. Sharbat Gula todavía recordaba aquel día. En su cultura no era en absoluto habitual que un hombre adulto y desconocido fotografiara a una niña. No sabía que se había convertido en un icono mundial. Nunca había visto la portada de National Geographic. Ignoraba por completo que su rostro hubiera conmovido a millones de personas en todo el mundo.


Esta historia nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda. No tanto si aquella fotografía debería haberse hecho o no, sino qué ocurre cuando la imagen de una persona deja de pertenecerle para transformarse en un símbolo que el resto del mundo interpreta, admira y consume.


Con los años he comprendido que esta reflexión no se refiere únicamente a Sharbat Gula. Nos concierne a todos.


Cada vez que viajamos, cada vez que fotografiamos a alguien, ejercemos un pequeño poder. Decidimos quién merece ser observado, cómo será contado, qué historia representará y qué imagen nos llevaremos a casa cuando regresemos. En la mayoría de los casos lo hacemos sin malas intenciones. Pero precisamente por eso resulta todavía más importante ser conscientes de ello.


Porque la ética no comienza cuando publicamos una fotografía. Comienza mucho antes. Comienza en el instante en que decidimos si la persona que tenemos delante es la verdadera protagonista de nuestra mirada... o simplemente el escenario que necesitamos para contar una historia sobre nosotros mismos.


 
 
 

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