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LA POBREZA COMO ESCENARIO

hace 1 día
5 min de lectura

Cuando ayudar deja de ser un gesto dirigido a los demás y se convierte en un relato sobre nosotros mismos.


La primera vez que presencié aquella escena sentí algo que me resultó difícil de explicar. No era exactamente rabia. Tampoco tristeza. Mucho menos indignación. Era una sensación bastante más incómoda: la de estar participando, sin quererlo, en una representación.


Estábamos realizando un Photo Tour en una pequeña aldea rural de Camboya y, antes de llegar, el guía detuvo el vehículo delante de una papelería para comprar, con los cinco dólares de donación aportados por cada participante, decenas de cuadernos, lápices de colores y material escolar. Nadie cuestionó aquel gesto; al contrario, todos sonrieron. Parecía el comienzo de una bonita historia. Yo también sonreí, porque todavía no sabía cómo terminaría.


Al llegar a la aldea, pidieron a los niños que se pusieran en fila, uno detrás de otro, a la espera de recibir aquellos regalos. Mientras observaba la escena, uno de los fotógrafos levantó su cámara y, tras unos segundos de silencio, pidió que cambiaran de sitio a dos niños.


—El más alto mejor detrás.

—El más pequeño delante.

—Eso es. Así se ve mejor a cuánta gente estamos ayudando.


Recuerdo perfectamente aquel instante. No porque fuera especialmente dramático, sino precisamente porque, para el resto del grupo, no lo era. Y ese era el verdadero problema. Durante unos segundos tuve la sensación de que aquellos niños habían dejado de ser niños para convertirse en elementos de una composición fotográfica. Como si el regalo no fuera el acontecimiento principal, sino el decorado necesario para construir una imagen capaz de emocionar a quienes nunca habían estado allí.


No pude evitar recordar otra escena que había vivido años antes, esta vez en Vietnam. Un niño de apenas cinco o seis años lloraba desconsoladamente mientras ocho fotógrafos seguían disparando sin parar. El pequeño llamaba a su madre. Nadie dejó de fotografiar.


Aquel día no hice ni una sola fotografía. No porque crea que fotografiar el sufrimiento sea siempre inmoral. Algunas de las imágenes más importantes de la historia han nacido precisamente del dolor humano. Lo que me incomodaba era otra cosa. Era la sensación de que, a veces, dejamos de fotografiar una realidad para empezar a construir un relato sobre nosotros mismos.


Quien participa en un Photo Tour no debería olvidar nunca que no es un periodista que intenta denunciar una situación. Es un aficionado a la fotografía que corre el riesgo de utilizar esas imágenes para alimentar su propio ego y perpetuar estereotipos.


Con los años he comprendido que la cámara nunca es el problema. El problema siempre es la intención.


Durante un tiempo fui vicepresidente de una pequeña ONG local. Aquella experiencia me enseñó algo que nunca he olvidado: ayudar no significa ofrecer aquello que nosotros creemos que los demás necesitan recibir; significa, ante todo, comprender qué necesitan realmente. Puede parecer una diferencia mínima, pero entre ambas ideas se encierra toda una manera de mirar el mundo.


Demasiadas veces confundimos la solidaridad con la tranquilidad de conciencia. Nos resulta mucho más fácil repartir objetos que escuchar a las personas, entregar cuadernos en lugar de preguntarnos por qué los necesitan o si, por el contrario, necesitan otra cosa. Paradójicamente, ayudar puede convertirse en una forma extremadamente refinada de seguir colocando nuestra mirada en el centro. Seguimos decidiendo nosotros. Seguimos interpretando nosotros. Seguimos ocupando el papel protagonista, incluso cuando la historia transcurre en casa de otra persona.


La respuesta llegó apenas media hora después.


Mientras abandonábamos la aldea, decenas de niños y adolescentes se acercaron para vender pequeños objetos artesanales: pulseras, pañuelos, pantalones, cestas de mimbre... Era evidente que aquello formaba parte de la economía cotidiana de sus familias. Y, sin embargo, muchos de los mismos viajeros que pocos minutos antes habían repartido regalos empezaron a quejarse.


—Qué pesados.

—No paran nunca.


Recuerdo que pensé: hace apenas treinta minutos queríamos ayudarlos y ahora nos molesta que intenten ganarse la vida con su propio trabajo.


Aquella contradicción me acompañó durante todo el viaje. Quizá porque me obligaba a plantearme una pregunta mucho más incómoda de lo que imaginaba: ¿queremos realmente ayudar o necesitamos decidir nosotros cómo debe ser esa ayuda para sentirnos mejores personas?


Empiezo a pensar que, en el fondo, los seres humanos no viajamos únicamente para descubrir el mundo. También viajamos para construir un relato sobre quiénes creemos ser. Y ese relato necesita héroes, víctimas, salvadores y escenarios. El problema aparece cuando las personas que encontramos por el camino dejan de ser individuos con una historia propia y se convierten en personajes secundarios de la nuestra.


Los occidentales viajamos a menudo convencidos de que llevamos respuestas con nosotros. Tecnología, educación, desarrollo y, quizá, la palabra más peligrosa de todas: civilización.


Rara vez viajamos con la humildad necesaria para aceptar que también tenemos mucho que aprender. Seguimos observando otras culturas desde una posición de superioridad heredada, como si nuestra manera de vivir representara el destino natural hacia el que deberían avanzar todas las sociedades. Sin embargo, basta con observar la naturaleza para comprender hasta qué punto esta idea resulta absurda.


La evolución nunca ha diseñado soluciones universales. Cada ecosistema encuentra respuestas diferentes a los problemas que le plantea su entorno. Un cactus no podría sobrevivir en un manglar, del mismo modo que un manglar moriría en pleno desierto. Ninguno de los dos es mejor que el otro; simplemente, responden a realidades distintas.

Las culturas humanas no son muy diferentes. Cada pueblo es el resultado de miles de años de adaptación a un territorio, un clima, unos recursos, unas creencias y una historia particulares. No existen culturas atrasadas. Existen culturas diferentes. Y comprender esa diferencia exige algo mucho más difícil que hacer una buena fotografía: requiere renunciar, aunque solo sea durante unos días, a la idea de que nuestra manera de interpretar el mundo es la correcta.


A menudo me preguntan qué intento enseñar durante mis Photo Tours. La respuesta casi nunca tiene que ver con la técnica. Podemos hablar de composición, luz, color o posproducción, y todo eso es importante. Pero antes hay otra cuestión mucho más esencial: aprender a mirar.


Y mirar no significa únicamente observar con atención. Significa aceptar que la persona que tenemos delante no existe para completar nuestra fotografía. Tenía una vida antes de nuestra llegada y seguirá teniéndola cuando nos hayamos marchado. Nosotros somos apenas un instante dentro de su historia, no al revés.


Desde entonces, intento recordar algo cada vez que levanto la cámara. No me pregunto si la fotografía será bonita ni si tendrá una buena ejecución técnica. Me hago una pregunta mucho más sencilla.


¿Estoy fotografiando a esta persona... o la estoy utilizando para hablar de mí?


Quizá esa sea precisamente la diferencia entre viajar para coleccionar imágenes y viajar para permitir que el viaje nos transforme.

 
 
 

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