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EL MITO DEL CULPABLE

hace 1 día
4 min de lectura

Nuestra obsesión por encontrar a un único responsable dice mucho más sobre cómo funciona el cerebro humano que sobre cómo funciona realmente el mundo.


Hay una pregunta que vuelve a aparecer cada vez que sucede algo importante.


¿Quién ha sido?


No importa si hablamos de la quiebra de una empresa, del final de una relación, de un accidente, de una guerra o de una crisis económica. Antes incluso de intentar comprender qué ha sucedido realmente, sentimos la necesidad casi inmediata de señalar a alguien. Como si todo acontecimiento complejo tuviera necesariamente un único origen y una sola persona sobre la que descargar el peso de la responsabilidad.

Es curioso. Dedicamos poquísimo tiempo a comprender cómo se ha gestado un problema y, en cambio, invertimos enormes cantidades de energía en decidir quién debe cargar con la culpa.


Con el paso de los años, he llegado a pensar que esta necesidad dice mucho más de nosotros que de los propios acontecimientos.


Nuestro cerebro parece sentirse incómodo ante la complejidad. Necesita relatos sencillos, historias con un comienzo claro, un desarrollo comprensible y un responsable fácilmente identificable. Los culpables nos tranquilizan porque hacen que el mundo parezca más ordenado. Si conseguimos señalar a una persona, tenemos la sensación de que el problema ya está explicado.


Pero casi nunca es así.


Cuanto más observo la naturaleza, más difícil me resulta creer en las causas únicas. Ningún bosque desaparece por una sola razón. Ninguna especie se extingue porque un único factor así lo determine. Ningún ecosistema cambia de un día para otro por un solo acontecimiento.


Lo que sucede realmente es mucho más interesante.


Miles de pequeñas variables empiezan a interactuar entre sí. Algunas pasan completamente inadvertidas. Otras parecen irrelevantes durante años. Sin embargo, llega un momento en que todas alcanzan un determinado equilibrio y el sistema cambia de repente. Desde fuera, parece que todo ha sucedido de golpe. En realidad, llevaba mucho tiempo sucediendo.


Los seres humanos no somos una excepción.


Una relación rara vez termina por una sola discusión. Una empresa difícilmente quiebra por una única decisión equivocada. Una sociedad no cambia por una sola ley. Casi todo lo que consideramos importante nace de la acumulación silenciosa de decenas, cientos o miles de pequeñas causas que, durante años, se han influido mutuamente.


Y, aun así, seguimos empeñados en retroceder en el tiempo para encontrar el instante exacto en que todo empezó a torcerse.


Necesitamos ese momento, ese nombre y, por desgracia, necesitamos un culpable.

Quizá porque aceptar la complejidad resulta mucho más incómodo.


La biología lleva millones de años enseñándonos precisamente lo contrario. La evolución nunca opera a través de una única causa. Cada organismo existe porque ha respondido, generación tras generación, a una enorme cantidad de presiones diferentes: el clima, los depredadores, los recursos disponibles, las enfermedades, la competencia con otras especies o el simple azar.


La vida no avanza en línea recta.


Avanza como una inmensa red en la que todo influye en todo lo demás.


Y, sin embargo, seguimos interpretando el mundo como si fuera una novela en la que siempre hubiera un héroe, un antagonista y un momento preciso en el que todo cambió.

Quizá este sea uno de los grandes límites de nuestra forma de pensar. Confundimos explicar con simplificar. Creemos que comprender significa reducir la realidad hasta conseguir que quepa en una frase. Pero comprender casi nunca significa simplificar. Comprender significa aceptar que algunas respuestas son necesariamente complejas.

Esto no significa que no existan responsabilidades. Existen.


Las personas toman decisiones y deben asumir sus consecuencias. Sería absurdo negarlo.


Pero una cosa es reconocer las responsabilidades y otra muy distinta creer que un fenómeno complejo puede explicarse simplemente señalando a alguien con el dedo.

Cuando hacemos esto, dejamos de comprender el problema y empezamos a reducirlo.

Y, al reducirlo, también reducimos nuestras posibilidades de evitar que vuelva a ocurrir.

Quizá por eso desconfío cada vez más de los discursos que ofrecen respuestas demasiado rápidas y culpables demasiado evidentes. No porque crea que todo es relativo, sino porque la realidad casi siempre es mucho más compleja que nuestro deseo de comprenderla.


En el fondo, encontrar un culpable es fácil.


Mucho más difícil es aceptar que casi todo lo que realmente importa en el mundo es el resultado de una larga cadena de causas que empezaron a actuar mucho antes de que nosotros decidiéramos detenernos a observar.


Y quizá la pregunta verdaderamente útil no sea quién tiene la culpa. Quizá la pregunta sea otra, mucho más incómoda.


¿Cuántas veces dejamos de comprender un problema simplemente porque encontramos demasiado pronto a alguien a quien culpar?


Todo esto tiene mucho más que ver con viajar de lo que podría parecer.


Cuando visitamos otro país, tendemos a juzgar sus costumbres, su religión, sus leyes, su forma de organizar la sociedad o aquello que considera aceptable. Lo hacemos con una facilidad sorprendente, como si nuestra manera de ver el mundo fuera el punto de referencia con el que medir todas las demás.


Y, sin embargo, pocas personas aceptarían con naturalidad que un extranjero llegara a su propio país para despreciar su gastronomía, ridiculizar sus fiestas populares, calificar su cultura de atrasada o explicar a sus habitantes cómo deberían organizar su sociedad. Nos molestaría profundamente, y con razón.


Entonces, ¿por qué hacemos exactamente lo mismo cuando somos nosotros quienes viajamos?


Cada sociedad es el resultado de una historia diferente, de un territorio diferente, de problemas diferentes y de miles de años dedicados a buscar soluciones distintas. Comprenderla no significa compartir sus valores ni justificar sus decisiones. Significa, sencillamente, hacer el esfuerzo de entender antes de juzgar.


Quizá viajar consista precisamente en eso. No en buscar quién tiene razón, sino en aceptar que el mundo es demasiado complejo como para reducirlo a la tranquilizadora simplicidad de nuestros prejuicios.

 
 
 

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