EL CUERPO DOMESTICADO

La mayoría de las personas cree ser libre. Sin embargo, muy pocas de sus decisiones cotidianas dependen realmente de lo que necesita su cuerpo.
El despertador suena a las siete. No porque hayamos terminado de dormir, sino porque es la hora de levantarse. Desayunamos antes incluso de tener hambre porque después tenemos una reunión. Aguantamos las ganas de ir al baño porque estamos en mitad de una videollamada.
Permanecemos sentados durante horas aunque la espalda proteste. Seguimos trabajando cuando la mente ya no consigue concentrarse y nos acostamos mucho más tarde de lo que nuestro cuerpo lleva horas pidiéndonos. Al día siguiente, repetimos exactamente la misma secuencia.
Lo sorprendente es que casi nadie considera extraño este modo de vida. Lo hemos normalizado hasta el punto de interpretar como falta de disciplina cualquier intento de escuchar las necesidades más elementales de nuestro organismo. Si alguien duerme cuando tiene sueño, come cuando tiene hambre o decide descansar porque está agotado, a menudo se le considera menos responsable que a quien ignora todas esas señales con tal de cumplir con su agenda.
Durante siglos nos han enseñado que civilizarse significaba dominar los impulsos. Hemos aprendido a controlar la agresividad, el deseo, la frustración o la violencia, y probablemente haya sido precisamente ese aprendizaje el que ha hecho posible la convivencia.
El problema surgió cuando dejamos de distinguir entre educar el comportamiento y desconectarnos del cuerpo. Poco a poco empezamos a interpretar cualquier necesidad biológica como un inconveniente que debía adaptarse a los horarios, al trabajo o a las exigencias de la productividad.
Hoy vivimos rodeados de aplicaciones que nos recuerdan cuándo beber agua, cuándo levantarnos de la silla, cuándo respirar profundamente o cuántas horas deberíamos dormir. Es paradójico. Hemos creado una tecnología capaz de avisarnos de aquello que nuestro organismo lleva millones de años intentando comunicarnos.
Viajar me recuerda siempre hasta qué punto esta forma de domesticación no es una ley de la naturaleza, sino una construcción cultural. En muchas partes del mundo, la vida sigue organizándose en torno a la luz, el clima, las estaciones o el ritmo cotidiano de las personas mucho más que en torno al reloj. Esto no significa que esas sociedades sean mejores. Significa, sencillamente, que todavía conservan una relación diferente con el tiempo y con el cuerpo.
Quizá por eso también escucho con cierta desconfianza a quienes afirman que unas sociedades están más avanzadas que otras simplemente porque producen más, trabajan más horas o mantienen una organización más eficiente. La eficiencia es un concepto económico. La salud del cuerpo pertenece a un lenguaje completamente distinto.
No estoy proponiendo que volvamos a las cavernas ni que renunciemos a los avances de la medicina, la ciencia o la tecnología. Sería absurdo. Lo que me pregunto es algo mucho más sencillo: ¿en qué momento dejamos de considerar el cuerpo un aliado para empezar a tratarlo como un empleado al que exigimos obediencia permanente?
Este es también uno de los aprendizajes del viaje. Descubrir que muchos de los hábitos que consideramos naturales no son más que acuerdos culturales. Basta con pasar unas semanas lejos de nuestro entorno habitual para darse cuenta de que existen otras maneras de dormir, comer, trabajar, criar a los hijos, relacionarse con el tiempo o entender el descanso. Y entonces comprendemos que quizá la pregunta adecuada no sea quién vive de la manera más moderna, sino quién ha conseguido conservar una relación más honesta con lo que su cuerpo realmente necesita.
Porque quizá la mayor domesticación de nuestra especie no haya consistido en aprender a controlar la naturaleza, sino en haber enseñado a nuestro propio cuerpo a obedecer incluso cuando nos está diciendo que nos estamos equivocando.


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